domingo, 9 de diciembre de 2007

Micromegas, una historia filosófica. Voltaire

Capítulo 1.– Viaje de un habitante de la estrella Sirio al planeta Saturno
Había en uno de los planetas que giran en torno de la estrella llamada Sirio, un mozo de mucho talento, a quien tuve la honra de conocer en el postrer viaje que hizo a nuestro mezquino hormiguero. Era su nombre Micromegas. Tenía ocho leguas de alto, quiero decir, veinticuatro mil pasos geométricos de cinco pies cada uno.
Algún matemático, casta de gente muy útil al público, tomará la pluma en este trance de mi historia y calculará que teniendo el señor Micromegas, morador del país de Sirio, veinticuatro mil pasos, desde la cabeza a los pies, que hacen ciento veinte mil pies, y nosotros, ciudadanos de la Tierra, no más por lo común de cinco pies, y midiendo la circunferencia de nuestro globo nueve mil leguas, es absolutamente preciso que el planeta donde nació nuestro héroe tenga cabalmente veintiún millones y seiscientas mil veces más de circunferencia que nuestra minúscula Tierra. Nada más natural. Los Estados de ciertos príncipes de Alemania o de Italia, que pueden andarse en media hora, comparados con Turquía, Rusia o China, son un ejemplo muy pálido de las diferencias que la naturaleza ha establecido en todas las cosas.
Siendo la estatura de Su Excelencia la que llevamos dicha, convendrán todos nuestros pintores y escultores que su cintura podría medir unos cincuenta mil pies de circunferencia, lo que revela una bella figura. Su entendimiento era de los más perspicaces; sabía muchas cosas y otras las inventaba; apenas frisaba en los trescientos cincuenta años y siendo estudiante de un colegio de jesuitas de su planeta, descubrió a fuerza de inteligencia más de cincuenta proposiciones de Euclides, dieciocho más que Blas Pascal el cual, luego de adivinar como quien juega (según dijo su hermana), treinta y dos, llegó a ser, andando los años, un geómetra muy mediocre y un pésimo metafísico.
A la edad de cuatrocientos años, o sea al salir de la infancia, disecó unos insectos diminutos de apenas cien pies de grosor. Publicó un libro muy interesante acerca de esos insectos, lo que le proporcionó bastantes disgustos. El muftí de su país, tan receloso como ignorante, advirtió en su libro proposiciones sospechosas, blasfemas, temerarias, heréticas, o que «olían» a herejía, y le persiguió de muerte. Hubo que discutir si la sustancia formal de las pulgas de Sirio era de la misma naturaleza que la de los caracoles. Defendióse con mucho ingenio Micromegas; se declararon las mujeres en su favor, y después de doscientos veinte años que duró el pleito, hizo el muftí condenar el libro por jueces que no le habían leído, ni sabían leer. En cuanto al autor, fue desterrado de la Corte ochocientos años.
No le afligió mucho abandonar una Corte llena de enredos y chismes. Escribió unas décimas muy graciosas contra el muftí, que a éste le tuvieron sin cuidado, y se dedicó a viajar de planeta en planeta para, como dicen, perfeccionar el juicio y el corazón. Quienes viajamos en diligencias o sillas de posta nos pasmarían los vehículos que allá arriba usan. Nosotros, en la bola de cieno en que vivimos no comprendemos otros procedimientos. Micromegas, conocedor de las leyes de la gravitación y de las fuerzas atractivas y repulsivas, se valía de ellas con tanto acierto que, ora montado en un rayo de sol, ora cabalgando en un cometa, o saltando de globo en globo, lo mismo que revolotea un pajarillo de rama en rama, él y sus sirvientes hacían su camino.
En poco tiempo recorrió la vía láctea. Debo confesar, y lo siento, que nunca logró ver, entre las estrellas que la pueblan, el empírico cielo que vio el ilustre Derhan con su catalejo. No niego que Derhan lo viese, ¡Dios me libre de tamaño error!, pero también Micromegas estaba allí y no tenía mala vista. En fin, yo no quiero contradecir a nadie.
Después de largo viaje, Micromegas llegó un día a Saturno, y aun cuando estaba acostumbrado a contemplar cosas nuevas, le sorprendió la pequeñez de aquel planeta y de sus moradores. No pudo menos de sonreír con ese aire de superioridad que los más discretos no pueden contener a veces. Verdad es que Saturno no es más que novecientas veces mayor que la Tierra, y sus habitantes pobres enanos de unas dos mil varas de estatura, más o menos. Rióse al principio de ellos con sus criados, como se ríe cuando viene a Francia cualquier músico italiano, de la música de Lulli. Pero el siriano era razonable y pronto se dio cuenta de que ningún ser que piensa es ridículo, aunque su estatura no pase de seis mil pies. Acostumbróse a los saturninos, después de haber causado su asombro, y se hizo íntimo amigo del secretario de la Academia de Saturno, hombre de mucho talento. No había inventado nada, pero explicaba muy bien los inventos de los demás, y sabía componer coplas chicas y hacer cálculos grandes. He aquí expuesta, para satisfacción de mis lectores, una extraña conversación que con el señor secretario, tuvo cierto día Micromegas.
Capítulo 2.– Conversación del habitante de Sirio con el de Saturno
Sentóse Su Excelencia, acercóse a él el secretario de la Academia, y dijo Micromegas:
-Confesemos que es muy varia la naturaleza.
-Verdad es -dijo el saturnino-. La naturaleza es como un jardín, cuyas flores...
-¡Ah! -dijo el otro-. Dejaos de floriculturas.
-Pues es -siguió el secretario- como una reunión de rubias y morenas, cuyos encantos...
-¡Dejad a vuestras morenas y a vuestras rubias! -interrumpió el otro.
-O bien como una galería de cuadros cuyas imágenes...
-¡No! No señor, no -replicó el forastero-. Decidme lo primero ¿cuántos sentidos tienen los hombres en vuestro país?
-Nada más que setenta y dos -contestó el académico-. Créame que todos los días nos lamentamos de esta limitación. Nuestra imaginación va más allá de nuestras posibilidades, por lo que nos parece que con nuestros setenta y dos sentidos, nuestro anillo y nuestras cinco lunas, no tenemos bastante; en realidad nos aburrimos mucho a pesar de nuestros setenta y dos sentidos y de las pasiones que de ellos se derivan.
-Lo creo -dijo Micromegas-, porque nosotros tenemos cerca de mil sentidos y todavía nos quedan no sé qué vagos deseos, no sé qué inquietud, que sin cesar nos advierte que somos muy poca cosa y que hay seres mucho más perfectos. En mis viajes he visto gentes muy inferiores a nosotros, y otras muy superiores; mas no he hallado ninguna que no tenga más deseos que necesidades y más necesidades que satisfacciones. Acaso llegue algún día a un país donde no haya necesidades, pero hasta ahora no tengo la menor noticia de semejante país.
El saturnino y el siriano quedaron meditabundos. Luego se entregaron a ingeniosas reflexiones tan agudas como inconsistentes, hasta que les fue forzoso atenerse a los hechos.
-¿Es muy larga vuestra vida? -preguntó el siriano.
-¡Ah! No. Muy corta -replicó el hombrecillo de Saturno.
-Lo mismo sucede en nuestro país, siempre nos estamos quejando de la brevedad de la vida. Debe ser una ley universal de la naturaleza.
-¡Ay! Nuestra vida -dijo el saturnino- se limita a quinientas revoluciones solares, que vienen a ser unos quince mil años según nuestra aritmética. Esto es casi nacer y morir en un momento. Así, nuestra existencia es un punto, nuestra vida un instante, y el globo en que habitamos un átomo. Apenas empieza uno a saber algo, a instruirse, cuando llega la muerte. Por mi parte no me atrevo a formar proyecto alguno; me siento como una gota de agua en el océano inmenso. Ahora estoy avergonzado en vuestra presencia al considerar lo ridículo de mi figura.
Replicóle Micromegas:
-Si no fuerais filósofo, temería desconsolaros diciéndoos que nuestra vida es setecientas veces más larga que la vuestra; pero ya sabéis que cuando llega el momento de reintegrarse a la naturaleza, para reanimarla bajo distinta forma -que es a lo que llaman morir-, cuando llega ese instante de metamorfosis, lo mismo da haber vivido una eternidad o sólo un día. He conocido países donde viven las gentes mil veces más que en el mío, y he visto que, sin embargo, se quejaban; pero en todas partes hay gentes razonables, que saben resignarse y dar gracias al autor de la naturaleza, que con maravillosa profusión ha esparcido en el universo las variedades más distintas sin olvidar la uniformidad. Así, por ejemplo, todos los seres que piensan son diferentes, y sin embargo, todos se parecen en el don de pensar y desear. La materia es la misma en todas partes, pero en cada mundo manifiesta propiedades distintas. ¿Cuántas propiedades tiene la materia del vuestro?
-Si os referís a las propiedades fundamentales, sin las cuales nuestro planeta no podría existir tal como es -dijo el saturnino-, pasan de trescientas; conviene saber: la extensión, la impenetrabilidad, la movilidad, la gravitación, la divisibilidad, etc.
-Sin duda -replicó el viajero-, que es bastante con eso, con arreglo al plan del Creador para el reducido planeta en que vivís. En todas sus cosas adoro la sabiduría, porque si en todas advierto diferencia, advierto también proporción. Saturno es pequeño y lo son sus moradores; tenéis pocas sensaciones y goza vuestra materia de pocas propiedades. Todo ello lo dispuso así la Providencia. ¿De qué color es vuestro sol?
-Blancuzco, ceniciento -dijo el saturnino-. Al dividir uno de sus rayos, observamos que tiene siete colores.
-El nuestro tira a encarnado -dijo el siriano-, y tenemos treinta y nueve colores fundamentales. He podido estudiar muchos soles y no he hallado dos que se parezcan, de la misma manera que en nuestro planeta no se ve una cara que no se diferencie de las demás.
Tras de hablar de muchas cuestiones análogas, se informó de cuántas sustancias distintas en esencia se conocían en Saturno y se le respondió que unas treinta: Dios, el espacio, la materia, los seres extensos que sienten, los seres extensos que sienten y piensan, los seres que piensan y no son muy extensos, los que se penetran, y los que no se penetran, etc. El siriano, en cuyo planeta había trescientas, y que había descubierto en sus viajes hasta tres mil, dejó asombrado al filósofo de Saturno.
Finalmente, habiéndose comunicado mutuamente casi todo cuanto sabían, y muchas cosas que no sabían, y después de discutir por espacio de toda una revolución solar, acordaron realizar juntos un corto viaje filosófico.
Capítulo 3.– Viaje de los dos habitantes de Sirio y Saturno
Ya estaban para embarcar nuestros dos filósofos en la atmósfera de Saturno con una buena provisión de instrumentos de matemáticas, cuando la querida del saturnino, que lo supo, le vino a dar amargas quejas. Era ésta una morenita muy agraciada, que no tenía más que mil quinientas varas de estatura, pero que con su gentileza compensaba la pequeñez de su cuerpo.
-¡Ah, cruel! -exclamó-. Después de mil quinientos años de haber resistido tus solicitudes amorosas y cuando apenas hace cien años me había entregado a ti, ¡me abandonas para irte a viajar con un gigante de otro mundo! Sólo tuviste un capricho, nunca me amaste. Si fueras saturnino legítimo no serías tan inconstante. ¿A dónde vas? ¿Qué ambicionas? Nuestras cinco lunas son menos erráticas que tú y menos mudable nuestro ánulo.
Abrazóla el filósofo, lloró con ella, aunque filósofo; y su querida, después de haberse desmayado, se fue a consolar con un petimetre.
Partieron sin dilación ambos viajeros, y saltaron primero al anillo, que se le antojó muy aplastado, como lo supuso un ilustre habitante de nuestro minúsculo globo terráqueo, y desde allí anduvieron de luna en luna. De pronto pasó un cometa junto a ellos y a él se tiraron, con sus sirvientes y sus instrumentos. Un poco más adelante (ciento cincuenta millones de leguas) se toparon con los satélites de Júpiter y luego con este planeta, donde se apearon y permanecieron un año. En él descubrieron algunos secretos muy curiosos, que hubieran dado a la imprenta, a no haber sido por los señores inquisidores, que encontraron proposiciones bastante duras de tragar. Yo pude leer el manuscrito en la biblioteca del ilustrísimo señor arzobispo de..., quien con toda la benevolencia que a tan insigne prelado caracteriza, me permitió husmear en sus libros.
Pero volvamos a nuestros aventureros. Al salir de Júpiter atravesaron un espacio de cerca de cien millones de leguas y costearon el planeta Marte, el cual -como todos saben- es cinco veces más pequeño que la Tierra, donde vieron las dos lunas de que dispone y que no han podido descubrir todavía nuestros astrónomos. Aun cuando sé que el abate Castel rechazará ingeniosamente la existencia de dichas lunas, no ignoro tampoco que me darán la razón quienes saben razonar, aquellos a los que no puede escapárseles el hecho de que no le sería posible a Marte vivir sin dos lunas por lo menos, estando tan distante del Sol.
Sea como fuere, a los viajeros les pareció un mundo tan chico que temieron no hallar alojamiento aceptable y pasaron de largo, como hacen los caminantes cuando topan con una mala venta en despoblado. Hicieron mal y se arrepintieron, pues tardaron mucho en encontrar albergue. Al fin divisaron una lucecilla, que era la Tierra, y que pareció muy mezquina cosa a gentes que venían de Júpiter. No obstante, y a trueque de arrepentirse otra vez, resolvieron desembarcar en ella. Pasaron a la cola del cometa y hallando una aurora boreal a mano, se metieron dentro. Tomaron tierra en la orilla septentrional del mar Báltico, el día 5 de julio de 1737.
Capítulo 4.– Lo que les sucedió en el globo terráqueo
Después de reposar un poco, almorzaron un par de montañas que les guisaron sus criados con mucho aseo. Quisieron luego reconocer el mezquino país donde se hallaban y marcharon de Norte a Sur. Los pasos que daban el siriano y sus acompañantes abarcaban unos treinta mil pies cada uno. Seguíales de lejos el enano de Saturno, que perdía el aliento, porque tenía que dar doce pasos mientras los otros daban una zancada. Iba, si se me permite la comparación, como un perrillo faldero que sigue a un capitán de la Guardia del rey de Prusia.
Como andaban de prisa, dieron la vuelta al globo en veinticuatro horas; verdad es que el Sol, o por mejor decir, la Tierra, hace el mismo viaje en un día; pero hemos de convenir que es cosa más fácil girar sobre su eje que andar a pie. Volvieron al fin al sitio de donde partieron después de haber visto la balsa, casi imperceptible para ellos, denominada mar Mediterráneo y el otro pequeño estanque que llamamos gran Océano y que rodea nuestra madriguera; al enano no le llegaba el agua a media pierna y apenas si se mojaba el otro los talones. Fueron y vinieron arriba y abajo, procurando averiguar si estaba o no habitado este mundo; agachándose, tendiéronse lo más posible palpando por todas partes; pero eran tan enormes sus ojos y sus manos en relación con los seres minúsculos que nos arrastramos aquí abajo, que no lograron captar nuestra presencia, ni siquiera sorprender algún indicio que la revelase.
El enano, que a veces juzgaba con ligereza, manifestó terminantemente que no había habitantes en la Tierra; basado en primer lugar en que él no veía ninguno.
Micromegas le dio a entender cortésmente que su deducción no era fundada, porque -le dijo- ¿es que acaso con esos ojos tan pequeños que tenéis sois capaz de ver las estrellas de quincuagésima magnitud? Yo en cambio las veo perfectamente. ¿Afirmaréis, sin embargo, que esas estrellas no existen?
-Os digo que he buscado y rebuscado por todas partes -dijo el enano.
-¿Y no hay nada?
-Lo único que hay es que este planeta está muy mal hecho -replicó el enano-; irregular y mal dispuesto, resulta no sólo ridículo, sino caótico. ¿No veis esos arroyuelos que ninguno corre derecho; esos estanques que no son redondos ni cuadrados, ni ovalados ni de forma geométrica alguna? Observad esos granos de arena (se refería a las montañas), que por cierto se me han metido en los pies... Ved el achatamiento de los polos de este globo que gira y gira alrededor del Sol y cuyo régimen climatológico es tan absurdo que las zonas de ambos polos son yertas y estériles. Lo que más me hace creer que no hay habitantes, es considerar que nadie con un poco de sentido común querría vivir en él.
-Eso no importa nada -dijo Micromegas-. Pueden no tener sentido común y habitarle. Todo aquí se os antoja irregular y descompuesto porque no está trazado con tiralíneas como en Júpiter y Saturno. Eso es lo que os confunde. Por mi parte estoy acostumbrado a ver en mis viajes las cosas más distintas y los aspectos más variados.
Replicó el saturnino a estas razones, y no se hubiera concluido esta disputa, si en el calor de ella no hubiese roto Micromegas el hilo de su collar de diamantes y caídose éstos, que eran muy hermosos aunque pequeñitos y desiguales. Los más gruesos pesaban cuatrocientas libras y cincuenta los más menudos. Cogió el enano alguno y arrimándoselos a los ojos observó que tal como estaban tallados resultaban excelentes microscopios. Tomó uno, pequeño, puesto que no tenía más de ciento sesenta pies de diámetro, y se lo aplicó a un ojo mientras que se servía Micrornegas de otro de dos mil quinientos pies. Al principio no vieron nada con ellos, pero hechas las rectificaciones oportunas, advirtió el saturnino una cosa imperceptible que se movía entre dos aguas en el mar Báltico: era una ballena; púsosela bonitamente encima de la uña del pulgar y se la enseñó al siriano, que por la segunda vez se echó a reír de la insignificancia de los habitantes de la Tierra.
Creyó, pues, el saturnino que nuestro mundo estaba habitado sólo por ballenas y como era muy listo quiso averiguar de qué manera podía moverse un átomo tan ruin, y si tenía ideas, voluntad y libre albedrío.
Micrornegas no sabía qué pensar; mas después de examinar con mucha atención al animal, sacó en consecuencia que no podía caber un alma en un cuerpo tan chico. Inclinábanse ya a creer ambos viajeros que en el terráqueo no existía vida racional, cuando, con el auxilio del microscopio descubrieron otro bulto más grande que la ballena flotando en el mar Báltico. Como es sabido, por aquellos días regresaba del círculo polar una banda de filósofos, que habían ido a tomar unas medidas en que nadie hasta entonces había pensado. Se dijo en los papeles públicos que su barco había encallado en las costas de Botnia y que por poco perecen todos. Pero nunca se sabe en este mundo la verdad oculta de las cosas. Contaré con sinceridad lo ocurrido sin quitar ni añadir nada; esfuerzo que por parte de un historiador es meritorio en alto grado.
Capítulo 5.– Experiencias y reflexiones
Tendió Micrornegas con mucho tiento la mano al sitio donde se veía aquel objeto, y alargando y encogiendo los dedos, por miedo a equivocarse, y abriéndolos luego y cerrándolos, agarró con mucha maña el navío donde iban aquellos sabios y le puso con mucho cuidado en la uña del pulgar.
-He aquí un animal muy distinto del otro -dijo el enano de Saturno, mientras el siriano colocaba al pretenso animal en la palma de la mano.
Los pasajeros y marineros de la tripulación, creyéndose arrebatados por un huracán, y al buque varado en un bajío, se ponen todos en movimiento; cogen los marineros toneles de vino, los tiran a la mano de Micrornegas, y ellos se tiran después; sacan los sabios sus cuartos de círculo, sus sectores y sus muchachas laponas y se apean en los dedos del siriano, quien por fin siente que se mueve una cosa que le pica el dedo. Era un garrote con un hierro en la punta que le clavaban hasta un píe de profundidad en el dedo índice; esta picazón le hizo creer que había salido algo del cuerpo del animalejo que tenía en la mano; mas no pudo sospechar al principio otra cosa, pues con su microscopio, que apenas bastaba para distinguir un navío de una ballena, no era posible descubrir a un entecillo como el hombre.
No quiero zaherir la vanidad de nadie; pero ruego a las personas soberbias que reflexionen sobre este cálculo: aceptando como estatura media del hombre la de cinco pies, su presencia en la Tierra como individuo no hace más bulto que el que haría en una bola de diez pies de circunferencia un animal de seiscientos milavos de pulgada de alto.
No hay duda de que si algún capitán de granaderos lee esta narración mandará que su tropa se ponga morriones de dos o tres pies más altos que los actuales, pero por más que haga, siempre serán él y sus soldados seres infinitamente pequeños.
El filósofo de Sirio tuvo que proceder con suma habilidad para examinar esos átomos. No fue tan extraordinario el descubrimiento de Leuwenhock y Hartsoeker cuando vieron, o creyeron ver los primeros, la simiente que nos engendra. ¡Qué placer el de Micromegas cuando vio cómo se movían aquellos seres; cuando examinó sus movimientos todos y siguió todas sus acciones! ¡Con qué júbilo alargó a sus compañero de viaje uno de sus microscopios!
-Los veo perfectamente -decían ambos, a la vez-; observad cómo andan y suben y bajan.
Esto decían y les temblaban las manos de gozo al ver objetos tan nuevos y también de miedo a perderlos de vista. Pasando el saturnino de un extremo de desconfianza al opuesto de credulidad, se figuró que algunos estaban ocupados en la propagación de su especie.
-¡Ah! -dijo el saturnino-. Ya tengo en mis manos el secreto de la naturaleza.
Evidentemente las apariencias, cosa que sucede a menudo, engañan, tanto si se usa como si no se usa microscopio.
Capítulo 6.– Lo que les sucedió con los hombres
Mejor observador Micromegas que el enano, advirtió claramente que aquellos átomos se hablaban y así se lo hizo notar a su compañero, el cual, con la vergüenza de haberse engañado acerca del mecanismo de la generación, no quiso creer que semejante especie de bichos pudieran tener y comunicarse sus ideas. Micromegas poseía el don de lenguas, no menos que el siriano, y no entendiendo a nuestros átomos, suponía que no hablaban; y luego ¿cómo habían de tener órganos de la voz unos seres casi imperceptibles, ni qué se habían de decir? Para hablar es indispensable pensar, y si pensaban, llevaban en sí algo que equivalía al alma; y atribuir una cosa equivalente al alma a especie tan ruin, se le antojaba mucho disparate. Díjole el siriano:
-¿Pues no creías, hace poco, que se estaban amando? ¿Pensáis que se hacen ciertas cosas sin pensar y sin hablar, o a lo menos, sin darse a entender? ¿Creéis que es más fácil hacer un chico que un silogismo? A mí, una y otra cosa me parecen impenetrables misterios.
-No me atrevo ya -dijo el enano- a creer ni a negar nada; procedamos a examinar estos insectos y meditemos luego.
-De acuerdo -respondió Micromegas.
Y sacando unas tijeras se cortó la uña de su dedo pulgar con la que hizo una especie de bocina enorme, como un embudo inmenso, y luego se puso el cañón al oído; la circunferencia del embudo abarcaba al navío y toda su tripulación, y la más débil voz se introducía en las fibras circulares de la uña; de suerte que, merced a su ingenio, el filósofo de allá arriba, oyó perfectamente el zumbido de nuestros insectos de acá abajo, y en pocas horas logró distinguir las palabras y entender el idioma francés en que hablaban. Lo mismo hizo el enano, aunque no con tanta facilidad. Crecía el asombro de los dos viajeros al oír hablar con notable discreción y les parecía inexplicable este fenómeno de la naturaleza. Como podemos figurarnos el enano y el siriano se morían de deseos de entablar conversación con aquellos átomos; pero tenían miedo de que su voz atronara a los microbios sin que la oyesen.
Trataron, pues, de amortiguar su intensidad, y para ello se pusieron en la boca unos mondadientes muy menudos, cuya punta muy afilada iba a parar junto al navío. Puso el siriano al enano entre sus rodillas, y encima de una uña, el navío con su tripulación; bajó la cabeza y habló muy quedo, y después de todas estas precauciones, y muchas más, dijo lo siguiente:
-Invisibles insectos que la diestra del Creador se plugo producir en los abismos de lo infinitamente pequeño; yo os bendigo. Acaso luego me desprecien en mi Corte; pero yo a nadie desprecio, y os brindo mi protección.
Si hubo asombros en el mundo, ninguno llegó al de los que estas palabras oyeron, sin poder atinar de dónde salían. Rezó el capellán las preces contra el demonio, blasfemaron los marineros, e inventaron varios sistemas los filósofos del navío; pero a pesar de sus meditaciones, no les fue posible averiguar quién era el que les hablaba.
Fue entonces cuando el enano de Saturno, que tenía la voz más débil que Micromegas, les explicó todo circunstanciadamente; el viaje desde Saturno, y quién era el señor Micromegas. Compadecido de que fueran tan chicos los habitantes de la Tierra les habló con ternura preguntándoles si habían sido siempre tan insignificantes y qué era lo que hacían en un globo que, al parecer, pertenecía a las ballenas. Les preguntó también si eran felices, si tenían alma, si se reproducían y otras mil preguntas por el estilo.
Ofendido de que alguien dudase de si tenían alma, un sabio de la Tierra, más audaz que los demás, observó a su interlocutor con una pínula adaptada a un cuarto de círculo, midió los triángulos y por último dijo así: -¿Creéis, caballero, que porque tengáis una estatura de dos mil metros sois un...?
-¡Dos mil metros? -exclamó el enano-. ¡No se ha equivocado ni en una pulgada! Así pues, este átomo ha podido medirme. Sabe matemáticas y ha determinado mi tamaño. En cambio, yo no le puedo ver sin el auxilio del microscopio y no sé qué dimensiones tiene.
-Sí, supe mediros -dijo el matemático- y podré hacer lo mismo con el gigante que os acompaña.
Admitida la propuesta, se tendió Su Excelencia en el suelo, porque estando en pie, su cabeza se perdía en las nubes, y nuestros filósofos le plantaron un árbol muy grande en cierto sitio que el doctor Swift hubiera designado por su nombre, pero que yo no me atrevo a mencionar por el mucho respeto que tengo a las damas. Luego, mediante una serie de triángulos que trazaron y relacionaron unos con otros, sacaron en consecuencia que la persona que medían era un sujeto de veinte mil pies de estatura.
Micromegas decía:
-¡Cuan cierto es que nunca se deben juzgar las cosas por su apariencia! Seres insignificantes, despreciables, tienen uso de razón, y aun es posible que otros más pequeños todavía posean más inteligencia que esos inmensos animales que he visto en el cielo y que con un solo pie cubrirían el planeta en que me encuentro. Para Dios, en su omnipotencia, no hay dificultad en proveer de entendimiento, lo mismo a los seres infinitamente grandes que a los infinitamente pequeños.
Respondióle uno de los filósofos que bien podía creer, sin duda alguna, que había seres inteligentes mucho más pequeños que el hombre, y para probárselo le contó, no las fábulas de Virgilio sobre las abejas, sino lo que Swammerdam ha descubierto, y lo que ha disecado Reaumur. Díjole también que hay animales que son, con respecto a las abejas, lo que las abejas con respecto al hombre y le hizo notar lo que el propio siriano significaba en relación con aquellos animales enormes a que se había referido; a su vez, estos grandes animales comparados con otros, parecen imperceptibles átomos. Poco a poco fue haciéndose interesante la conversación.
Micromegas se expresó así:
Capítulo 7.–La conversación que tuvieron
-¡Oh átomos inteligentes en quienes quiso el Eterno manifestar su arte y su poder! Decidme, amigo ¿no disfrutáis en vuestro globo terráqueo purísimos deleites? Apenas tenéis materia, sois todo espíritu, lo cual quiere decir que seguramente emplearéis vuestra vida en pensar y amar, que es la vida que corresponde a los espíritus. Yo que no he visto la felicidad en ninguna parte, creo ahora que está entre vosotros.
Encogiéronse de hombros al oír esto los filósofos. Uno de ellos quiso hablar con sinceridad y manifestó que, exceptuando un número reducidísimo, a quienes para nada se tenía en cuenta, todos los demás eran una cáfila de locos, perversos y desdichados.
-Más materia tenemos -dijo- de la que es menester para obrar mal, si procede el mal de la materia, y mucha inteligencia, si proviene de la inteligencia. ¿Sabéis por ejemplo que a estas horas, cien mil locos de nuestra especie, que llevan sombrero, están matando a otros cien mil animales que llevan turbante, o muriendo a sus manos? Tal es la norma en la tierra, desde que el hombre existe.
Horrorizóse el siriano y preguntó cuál era el motivo de tan horribles contiendas entre animales tan ruines.
-Se disputan -dijo el filósofo- unos trochos de tierra del tamaño de vuestros pies; y se los disputan no porque ninguno de los hombres que pelean y mueren o matan quiera para sí un terrón siquiera de aquel pedazo de tierra, sino por si éste ha de pertenecer a cierto individuo que llaman Sultán o a otro que apellidan Zar. Ninguno de los dos ha visto, ni verá nunca, el minúsculo territorio en litigio, así como tampoco ninguno de los animales que recíprocamente se asesinan han visto al animal por quien se asesinan.
-¡Desventurados! -exclamó con indignación el siriano-. ¿Cómo es posible tan absurdo frenesí? Deseos me dan de pisar a ese hormiguero ridículo de asesinos.
-No hace falta que os toméis ese trabajo. Ellos solos se bastan para destruirse. Dentro de cien años habrán quedado reducidos a la décima parte. Aun sin guerras perecen de hambre, de fatiga, o de vicios. Pero no son ellos los que merecen castigo, sino quienes desde la tranquilidad de su gabinete y mientras hacen la digestión de una opípara comida, ordenan el degüello de un millón de hombres y dan luego gracias a Dios en solemnes funciones religiosas.
Sentíase el viajero movido a piedad hacia el ruin linaje humano en el cual tantas contradicciones descubría.
-Puesto que pertenecéis al corto número de los sabios -dijo a sus interlocutores- os ruego me digáis cuáles son vuestras ocupaciones.
-Disecamos moscas -respondió uno de los filósofos-, medimos líneas, coleccionamos nombres, coincidimos acerca de dos o tres puntos que entendemos y discrepamos sobre dos o tres mil que no entendemos.
El siriano y el saturnino se pusieron a hacerles preguntas para saber sobre qué estaban acordes.
-¿Qué distancia hay -dijo el saturnino- desde la Canícula hasta la mayor de Géminis?
Respondiéronle todos a la vez:
-Treinta y dos grados y medio.
-¿Qué distancia hay de aquí a la Luna?
-Setenta semidiámetros de la Tierra.
-¿Cuánto pesa vuestro aire?
No creían que pudiesen responder a esta pregunta; pero todos le dijeron que pesaba novecientas veces menos que el mismo volumen del agua más ligera y diecinueve mil veces menos que el oro.
Atónito el enanillo de Saturno ante la exactitud de las respuestas, estaba tentado a creer que eran magos aquellos mismos a quienes un cuarto de hora antes les había negado la inteligencia.
Por último habló Micromegas:
-Ya que tan perfectamente sabéis lo de fuera de vuestro planeta, sin duda mejor sabréis lo que hay dentro. Decidme, pues, ¿qué es vuestra alma y cómo se forman vuestras ideas?
Los filósofos hablaron todos a la par como antes, pero todos manifestaron distinto parecer.
Citó el más anciano a Aristóteles, otro pronunció el nombre de Descartes, éste el de Malebranche, aquél el de Leibnitz y el de Locke otro.
El viejo peripatético dijo con gran convicción:
-El alma es una entelequia, una razón en virtud de la cual tiene el poder de ser lo que es; así lo dice expresamente Aristóteles, página 633 de la edición del Louvre: ‘?????????? ?????? etc.
-No entiendo el griego -confesó el gigante.
-Ni yo tampoco -respondió el filósofo.
-Entonces ¿por qué citáis a ese Aristóteles en griego?
-Porque lo que uno no entiende, lo ha de citar en una lengua que no sabe.
Tomó entonces la palabra el cartesiano y dijo:
-El alma es un espíritu puro, que en el vientre de la madre recibe todas las ideas metafísicas y que, en cuanto sale de él, tiene que ir a la escuela para aprender de nuevo lo que tan bien sabía y que nunca volverá a saber.
El animal de ocho leguas opinó que importaba muy poco que el alma supiera mucho en el vientre de su madre si después lo ignora todo.
-Pero decidme, ¿qué entendéis por espíritu?
-¡Valiente pregunta! -contestó el otro-. No tengo idea de él. Dicen que es lo que no es materia.
-¿Y sabéis lo que es materia?
-Eso sí. Esa piedra, por ejemplo, es parda y de tal figura, tiene tres dimensiones y es pesada y divisible.
-Así es -asintió el siriano-; pero esa cosa que te parece divisible, pesada y parda ¿me dirás qué es? Tú sabes de algunos de sus atributos, pero el sostén de esos atributos ¿lo conoces?
-No -dijo el otro.
-Luego no sabes qué cosa sea la materia. Dirigiéndose entonces el señor Micromegas a otro sabio que encima de su dedo pulgar se posaba, le preguntó qué creía que era su alma y de qué se ocupaba él.
-No hago nada -respondió el filósofo malebranchista-; Dios es quien lo hace todo por mí; en El lo veo todo, en El lo hago todo y es El quien todo lo dispone sin cooperación mía.
-Eso es igual que no existir -respondió el filósofo de Sirio-.
Y tú, amigo -le dijo a un leibnitziano que allí estaba-, ¿qué haces? ¿Qué es tu alma?
-Una aguja de reloj -dijo el leibnitziano- que señala las horas mientras suenan musicalmente en mi cuerpo, o bien, si os parece mejor, el alma las suena mientras el cuerpo las señala; o bien, mi alma es el espejo del universo y mi cuerpo el marco del espejo. La cosa no puede ser más clara.
Estábalos oyendo un sectario de Locke, y cuando le tocó hablar dijo:
-Yo no sé cómo pienso; lo que sé es que nunca he pensado como no sea por medio de mis sentidos. Que haya sustancias inmateriales e inteligentes, no lo pongo en duda; pero que no pueda Dios comunicar la inteligencia a la materia, eso no lo creo. Respeto al eterno poder, y sé que no me compete definirle; no afirmo nada y me inclino a creer que hay muchas más cosas posibles de lo que se piensa.
Sonrióse el animal de Sirio y le pareció que no era éste el menos cuerdo. Si no hubiera sido por la enorme desproporción de sus tamaños corpóreos, hubiese dado un abrazo, el enano de Saturno al discípulo de Locke. Por desgracia, se encontraba también allí un bichejo tocado con un birrete, que, interrumpiendo el diálogo, manifestó que él estaba en posesión de la verdad que no era otra que la expuesta en la Summa de Santo Tomás; y mirando de pies a cabeza a los dos viajeros celestes les dijo que sus personas, sus mundos, sus soles y sus estrellas, todo había sido creado para el hombre. Al oír los otros tal sandez, se echaron a reír estrepitosamente con aquella inextinguible risa que, según Homero, es atributo de los dioses.
Las convulsiones de tanta hilaridad hicieron caer al navío de la uña del siriano al bolsillo de los calzones del saturnino. Buscáronle ambos mucho tiempo; al cabo toparon con la tripulación y la metieron en el barco lo mejor que pudieron.
Luego el siriano se despidió amablemente de aquellos charlatanes, aunque le tenía algo mohíno ver que unos seres tan infinitamente pequeños, tuvieran una vanidad tan infinitamente grande. Prometióles un libro de filosofía escrito en letra muy menuda, para que pudieran leerle.
-En él veréis -dijo- la razón de todas las cosas.
En efecto, antes de irse les dio el libro prometido que llevaron a la Academia de Ciencias de París. Cuando lo abrió el viejo secretario de la Academia, observó que todas las páginas estaban en blanco.
-¡Ah! -dijo-. Ya me lo figuraba yo.

domingo, 30 de septiembre de 2007

Un camino con corazón.


Tomado del libro "Las enseñanzas de Don Juan" de Carlos Castaneda, páginas 149,150.Un camino con corazón
-¿Cómo? ¿Hay alguna manera de evitar el dolor?
-Sí, hay una manera.
-¿Es una fórmula, o un procedimiento o qué?
-Es una manera de agarrarse a las cosas. Por ejemplo, cuando yo estaba aprendiendo sobre la yerba del diablo, era demasiado ansioso. Me agarraba a las cosas de la misma manera que los niños agarran los dulces. La yerba del diablo es sólo un camino entre cantidades de caminos. Cualquier cosa es un camino entre cantidades de caminos. Por eso debes tener siempre presente que un camino es sólo un camino; si sientes que no deberías seguirlo, no debes seguir en él bajo ninguna condición. Para tener esa claridad debes llevar una vida disciplinada. Sólo entonces sabrás que un camino es nada más que un camino, y no hay afrenta, ni para ti ni para otros, en dejarlo si eso es lo que tu corazón te dice. Pero tu decisión de seguir en el camino o de dejarlo debe estar libre de miedo y de ambición. Te prevengo. Mira cada camino de cerca y con intención. Pruébalo tantas veces como consideres necesario. Luego hazte a ti mismo, y a ti solo, una pregunta. Es una pregunta que sólo se hace un hombre muy viejo. Mi benefactor me habló de ella una vez cuando yo era joven, y mi sangre era demasiado vigorosa para que yo la entendiera. Ahora si la entiendo. Te diré cual es: ¿tiene corazón este camino? Todos los caminos son lo mismo: no llevan a ninguna parte. Son caminos que van por el matorral. Puedo decir que en mi propia vida he recorrido caminos largos, largos, pero no estoy en ninguna parte. Ahora tiene sentido la pregunta de mi benefactor. ¿Tiene corazón este camino? Si tiene, el camino es bueno; si no, de nada sirve. Ningún camino lleva a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no. Uno hace gozoso el viaje; mientras lo sigas eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te hace fuerte, el otro te debilita.

miércoles, 8 de agosto de 2007

LO ANTIGUO Y LO DEFINITIVO

Hace unas tres semanas (en el momento de escribir esto) asistí a un seminario en un lugar al norte del Estado de Nueva York, un seminario sobre las comunicaciones y la sociedad. Yo no tenía mucho que hacer, pero estuve allí cuatro días, así que tuve la oportunidad de enterarme de las actividades que se estaban desarrollando*.
* Por si han pensado que violé mis principios y me tomé unas vacaciones, más vale que les diga que me llevé mi máquina de escribir portátil, y que además hice uso de ella.

La primera noche asistí a una conferencia excepcionalmente buena dictada por un caballero extraordinariamente inteligente y encantador, que trabaja en el campo de las cintas de vídeo. Con argumentos atractivos, y en mi opinión, irrefutables, afirmó que las cintas de video representaban la tendencia del futuro en el campo de las comunicaciones, o al menos una de las tendencias.
Señaló que los programas comerciales destinados a cubrir los tremendos gastos de las cadenas de televisión y de los terriblemente ávidos anunciantes no tenían más remedio que atraer a audiencias de decenas de millones de espectadores.
Como todos sabemos, los únicos programas que tienen alguna posibilidad de agradar a entre veinticinco y cincuenta millones de personas son los que evitan cuidadosamente la posibilidad de ofender a nadie. Cualquier cosa que pudiera darles un poco de sabor o de variedad ofendería a alguien y se habría perdido la partida.
Así que sólo sobreviven las papillas insípidas, no porque sean especialmente agradables, sino porque tienen buen cuidado de no resultar desagradables para nadie.
(Bueno, a algunas personas, como a usted y a mí, por ejemplo nos desagradan, pero cuando los magnates de la Unidad contabilizan el número de ustedes y yoes, y de gente como nosotros, el resultado final les provoca desdeñosas carcajadas.)
Pero las cintas de video, capaces de complacer a los paladares más peculiares, solo venden contenido, y no tienen por que enmascararlo con un barniz falso y costoso o con la presencia de alguna renombrada estrella del espectáculo. Si se lanza una cinta sobre estrategias de ajedrez con símbolos de las piezas de ajedrez moviéndose sobre un tablero, no es necesario añadir nada más para vender un número x de copias a un número x de fanáticos del ajedrez. Si cada cinta se vende a un precio que cubra los gastos de su edición (más un honrado margen de beneficios) y si el número de ventas está de acuerdo con lo fijado, entonces todo va bien. Es posible que alguna cinta venda menos de lo previsto, pero también es posible que otra venda mucho más de lo que se esperaba.
Para abreviar, el negocio de las cintas de vídeo sería bastante parecido al de las editoriales.
El orador expuso este punto con toda claridad, y lo dijo: «El manuscrito del futuro no será un fajo de papeles torpemente mecanografiados, sino una secuencia de imágenes hábilmente fotografiada», no pude evitar removerme inquieto en mi silla.
Es posible que al moverme llamara la atención sobre mi persona ya que estaba sentado en la primera fila, porque el orador añadió acto seguido: «Y los hombres como Isaac Asimov se quedarán anticuados y serán sustituidos por otros»
Como es natural, di un brinco, y todo el mundo se rió alegremente ante la ocurrencia de que yo pudiera quedarme anticuado y fuera reemplazado por otro.
Dos días más tarde el orador que iba a hablar aquella tarde llamó desde Londres para comunicar que le era imposible salir de la ciudad, así que la encantadora dama que dirigía el seminario vino a verme y me pidió dulcemente que lo sustituyera.
Como es natural, dije que no tenía nada preparado, y como es natural ella dijo que todo el mundo sabía que no necesitaba prepararme para dar una conferencia maravillosa, y como es natural, me ablandé ante los cumplidos, y como es natural aquella tarde me levanté y como es natural di una conferencia maravillosa*. Todo fue muy natural.
* Bueno, eso fue lo que dijo todo el mundo.

Me resulta imposible contarles qué es lo que dije exactamente, porque, como todas mis charlas, fue improvisada; pero, por lo que recuerdo, en esencia era algo así:
Como hacía dos días que un orador nos había hablado de las cintas de vídeo, presentándonos la fascinante y deslumbrante imagen de un futuro en el que las cintas de video y los satélites dominarían el panorama de las comunicaciones, yo me disponía a servirme de mis conocimientos de ciencia-ficción para explorar un futuro aún más lejano y hablaría de cómo podrían fabricarse cintas de video con métodos mejores y más refinados, haciéndolas aún más sofisticadas.
En primer lugar, el orador nos había mostrado que las cintas tenían que ser decodificadas por un aparato bastante caro y voluminoso, que transmitía las imágenes a una pantalla de televisión y el sonido a un altavoz.
Evidentemente, todo el mundo esperaría que este equipo auxiliar fuera haciéndose más pequeño, más ligero y transportable. En el fondo, lo que se esperaría es que acabara por desaparecer y que se integrara a la misma cinta.
En segundo lugar, para que la información contenida en la cinta se transforme en imágenes y sonido es necesario un gasto de energía que redunda en perjuicio del medio ambiente. (Como cualquier gasto de energía; aunque su uso es inevitable, hay que evitar utilizarla más de lo estrictamente necesario.)
Por consiguiente, es razonable esperar que disminuya la cantidad de energía necesaria para decodificar las cintas.
En último término, esperaríamos que disminuyera tanto como para llegar a desaparecer por completo.
Por tanto, podemos imaginarnos una cinta que fuera completamente transportable y autónoma. Seria necesario emplear energía en su fabricación, pero no en su utilización, y tampoco sería necesario un equipo especial para su uso posterior. No sería necesario enchufarla en la pared ni cambiarle las pilas, y podría ser transportada para ser vista en el lugar en que cada uno encontrara más cómodo: en la cama, en el cuarto de baño, en un árbol o en el ático.
Una cinta de video de estas características produce sonidos, como es natural, y también desprende luz. Evidentemente su usuario debe recibir con claridad las imágenes y el sonido, pero sería un inconveniente que molestara a otras personas que posiblemente no estarían interesadas en su contenido. Idealmente, esta cinta autónoma y transportable sólo tendría que ser vista y oída por el usuario.
Por muy sofisticadas que sean las cintas existentes en la actualidad en el mercado o previstas para un futuro próximo, siempre tienen necesidad de controles. Tiene que haber una palanca o un interruptor para encenderlas y apagarlas, y otros para controlar el color, el volumen, el brillo, el contraste y todas esas cosas. Mi idea es que esos controles pudieran ser manejados, en la medida de lo posible, por la voluntad.
Me imagino una cinta que deje de correr en el momento en que se aparte la mirada. Permanece parada hasta que se le vuelve a prestar atención, momento en el cual vuelve a ponerse en marcha inmediatamente. Me imagino una cinta que corre más deprisa o más despacio, hacia adelante o hacia atrás, a saltos o con repeticiones, dependiendo únicamente de la voluntad del usuario.
Admitirán ustedes que una cinta de estas características constituye un perfecto sueño futurista: autónoma, transportable, sin consumo de energía, absolutamente privada y controlada en gran medida por la voluntad.
Ah, pero soñar no cuesta nada, así que seamos prácticos. ¿Es posible la existencia de una cinta así? Mi respuesta es: si, naturalmente.
La siguiente pregunta es: ¿cuántos años habrá que esperar antes de conseguir una cinta tan increíblemente perfecta?
También tengo respuesta para eso, y una respuesta bastante concreta. La conseguiremos dentro de menos cinco mil años, porque lo que acabo de describir (como es posible que hayan adivinado), ¡es el libro!
¿Estoy haciendo trampas? ¿Acaso usted opina, amable lector, que el libro no es la cinta más refinada posible, ya que sólo ofrece palabras y no imágenes, que las palabras sin imágenes son un tanto unidimensionales y están divorciadas de la realidad, que es imposible que las palabras por sí solas nos transmitan información relativa a un universo que se manifiesta en imágenes?
Bien, vamos a considerar la cuestión. ¿La imagen es más importante que la palabra?
No cabe duda de que si sólo tenemos en cuenta las actividades puramente físicas del hombre, el sentido de la vista es con diferencia la manera más importante que tenemos de reunir información sobre el Universo. Si me dieran a elegir entre correr por un terreno escabroso con los ojos vendados y un sentido del oído muy agudo o con los ojos abiertos y sin poder oír nada, sin ninguna duda preferiría utilizar los ojos. De hecho, si tuviera los ojos cerrados, pondría la máxima atención en cualquier movimiento que realizara.
Pero el hombre inventó la palabra durante las primeras fases de su desarrollo. Aprendió a modular el aliento al espirar, y a utilizar distintas modulaciones del sonido como símbolos establecidos de objetos materiales y de diferentes acciones y —lo que es mucho más importante— de conceptos abstractos.
Por último, aprendió a codificar los sonidos modulados en señales visibles que podían ser traducidas mentalmente a sus sonidos correspondientes.
Un libro, no es necesario que lo diga, es un dispositivo que contiene lo que podríamos llamar un «discurso almacenado».
El lenguaje constituye la diferencia fundamental entre el hombre y los demás animales (excepto quizás el delfín, que posiblemente haya desarrollado un lenguaje, pero no un sistema para almacenarlo).
El lenguaje y la capacidad potencial de almacenarlo no sólo distinguen al hombre del resto de las especies vivas ahora o en el pasado; además es algo que todos los hombres tienen en común. Todos los grupos conocidos de seres humanos, por muy «primitivos» que sean, saben hablar y utilizar un lenguaje. He oído decir que algunos pueblos «primitivos» utilizan lenguajes muy complejos y sofisticados.
Lo que es más, todos los seres humanos con una mentalidad incluso inferior a la normal aprenden a hablar a una edad temprana.
Como el lenguaje es el atributo universal de todo el género humano, ocurre que nos llega más información, en nuestra calidad de animales sociales, a través del lenguaje que a través de las imágenes.
Y no estoy hablando de cantidades ni siquiera similares. El lenguaje y las formas de almacenarlo (la palabra escrita o impresa) constituyen la fuente abrumadoramente mayoritaria de la información que obtenemos, hasta tal punto que sin ella estaríamos indefensos.
Para poner un ejemplo, pensemos en un programa de televisión, normalmente compuesto de imágenes y lenguaje, y vamos a preguntarnos qué ocurre cuando prescindimos de aquéllas o de éste.
Supongamos que oscurecemos la imagen y dejamos puesto el sonido. ¿No seguiremos teniendo una idea bastante aproximada de lo que está ocurriendo? Es posible que en algunos momentos haya mucha acción y poco sonido, dejándonos frustrados ante la pantalla oscura y en silencio, pero si se supiera por anticipado que no se iba a ver la imagen, sería posible añadir algunos comentarios, y nos enteraríamos de todo.
De hecho, la radio está basada únicamente en el sonido; se servia del lenguaje y de «efectos sonoros». Es decir, en algunos momentos el diálogo se servia de artificios para compensar la falta de imágenes: «ahí viene Harry. Oh, no ha visto el plátano. Oh, ha pisado el plátano. Ahí va.» Pero, por lo general, no era difícil enterarse. No creo que ningún oyente de la radio echara realmente de menos la falta de imágenes.
Pero volvamos a la televisión. Quitemos ahora el sonido y dejemos la imagen intacta: perfectamente enfocada y a todo color. ¿Qué es lo que sacamos en limpio? Muy poco. Ni todas las expresiones de emoción de los rostros, ni todos los gestos apasionados, ni todos los trucos de la cámara, dirigiéndose aquí y allá, son capaces de transmitirnos más que una vaga idea de lo que está ocurriendo.
Además de la radio, que utilizaba únicamente el lenguaje y sonidos diversos, estaban las películas mudas, que eran sólo imágenes. Los actores de estas películas, que no disponían del sonido ni del lenguaje, tenían que «emocionar». Oh, los ojos relampagueantes; oh, las manos que se llevaban a la garganta, que se agitaban en el aire, que se alzaban al cielo; oh, los dedos que apuntaban confiadamente hacia el cielo, o firmemente hacia el suelo, o airadamente hacia la puerta; oh, la cámara que se acercaba para enseñarnos la piel de plátano en el suelo, el as en la manga, la mosca en la nariz. Y, con todos los recursos de la inventiva visual en sus manifestaciones más exageradas, ¿qué es lo que ocurría cada quince segundos? La acción se detenía por completo y aparecían unas palabras en la pantalla.
Esto no quiere decir que no sea posible comunicarse, en cierto modo, sirviéndose únicamente de los recursos visuales: utilizando imágenes pictóricas. Un mimo hábil como Marcel Marceau o Charlie Chaplin o Red Skelton es capaz de hacer maravillas; pero la razón de que les observemos y aplaudamos es precisamente que sean capaces de comunicar tanto sirviéndose únicamente de imágenes.
De hecho, nos divertimos jugando a las charadas, intentando que otras personas adivinen una frase sencilla que nosotros «representamos». No sería un juego tan popular si no exigiera mucho ingenio, y aun así, los jugadores idean series de señales y estratagemas que (lo sepan o no) se sirven de los mecanismos del lenguaje.
Dividen las palabras en sílabas, indican si una palabra es larga o corta, utilizan sinónimos y sonidos similares. Al hacerlo, están sirviéndose de imágenes visuales para hablar.
Sin valerse de ningún truco relacionado con alguna propiedad del lenguaje, sirviéndose únicamente de los gestos y las acciones, ¿serían ustedes capaces de comunicar una frase tan sencilla como «Ayer hubo un atardecer muy bonito, rosa y verde»?
Claro que ustedes podrían objetar que una cámara de cine puede fotografiar una hermosa puesta de sol. Pero para ello es necesario invertir una gran cantidad de tecnología, y no estoy seguro de que eso les informara de que la puesta de sol fue así ayer (a menos que la película truque el calendario, que también es una forma de lenguaje).
O piensen en esto: las obras de Shakespeare fueron escritas para ser representadas. La imagen era parte esencial de ellas. Para apreciar todo su sabor, hay que ver a los actores y observar sus acciones. ¿Cuánto dejarían de entender si asisten a una representación de Hamlet y cierran los ojos, concentrándose únicamente en escuchar?
¿Cuánto dejarían de entender si se tapan los oídos y se concentran únicamente en mirar?
Una vez que he expuesto claramente mi creencia de que un libro, formado por palabras y no por imágenes, no pierde demasiado por esta falta de imágenes y, por tanto, es más que razonable considerarlo como una variante tremendamente sofisticada de una cinta de video, voy a cambiar de terreno y a servirme de un argumento aún mejor.
Un libro no carece de imágenes en absoluto: tiene imágenes. Lo que es más, imágenes mucho mejores —al ser personales— que cualquiera de las que la televisión podría ofrecernos jamás.
¿Acaso no acuden imágenes a su mente cuando está leyendo un libro interesante? ¿Acaso no ven mentalmente todo lo que está ocurriendo?
Esas imágenes son suyas. Le pertenecen a usted y sólo a usted, y son infinitamente mejores para usted que aquellas que otros le presentan sin que se lo pida.
Una vez vi a Gene Kelly en Los tres mosqueteros (la única versión que he visto que se mantiene razonablemente fiel al libro). La pelea de espadachines entre D'Artagnan, Athos, Porthos y Aramis, por un lado, y los cinco hombres de la guardia del cardenal, por el otro, que ocurre casi al principio de la película, era verdaderamente maravillosa.
Por supuesto, se trataba de un baile, y disfruté muchísimo con él... Pero Gene Kelly, por mucho talento de bailarín que tenga, no encaja en la imagen de D'Artagnan que yo tengo en la cabeza, y durante toda la película me sentí a disgusto porque violentaba «mi» visión de Los tres mosqueteros.
Esto no quiere decir que, en ocasiones, no resulte que un actor encaja exactamente con nuestra propia visión.
Resulta que para mí Sherlock Holmes es precisamente Basil Rathbone. Pero es posible que para usted Sherlock Holmes no sea Basil Rathbone; podría ser Dustin Hoffman. ¿Por qué tendrían todos nuestros millones de Sherlock Holmes que encajar en un único Basil Rathbone?
Ya ven, por tanto, por qué un programa de televisión, por maravilloso que sea, nunca podrá proporcionar tanto placer, ser tan absorbente y ocupar un lugar tan importante en la vida de la imaginación como un libro. Para ver el programa de televisión sólo tenemos que poner la mente en blanco y sentarnos apáticamente mientras nos dejamos invadir por el despliegue de imágenes y sonidos, sin que nuestra imaginación intervenga para nada. Si hay otras personas viéndolo, también se dejan llenar hasta arriba exactamente de la misma manera, todas ellas, y con exactamente las mismas imágenes sonoras.
En cambio, el libro exige la colaboración del lector.
Insiste en que tome parte en el proceso.
Al hacerlo, nos ofrece una interrelación de la que el lector dispone a su gusto según sus necesidades, que se justa exactamente a sus características y a su idiosincrasia.
Cuando leemos un libro, creamos nuestras propias imágenes, los sonidos de las diferentes voces, los gestos, las expresiones y emociones. Creamos todo excepto las mismas palabras. Y si la creación nos produce algún placer, el libro nos ha dado algo que el programa de televisión es incapaz de darnos.
Además, si diez mil personas leen el mismo libro al mismo tiempo, no obstante cada una de ellas crea sus propias imágenes, sus propias voces, sus propios gestos, expresiones y emociones. No será un solo libro, sino diez mil libros. No será obra exclusivamente de su autor, sino el producto de la interacción del autor con cada uno de los lectores por separado.
Por tanto, ¿qué es lo que podría sustituir al libro?
Admito que el libro puede sufrir alteraciones en algunos aspectos secundarios. Hubo una época en que se escribía a mano; ahora se imprime. La tecnología de la publicación de libros impresos ha progresado de mil maneras, y es posible que en el futuro los libros puedan visualizarse electrónicamente en la pantalla de televisión de nuestras casas.
Pero en último término, nos encontraremos a solas con la palabra impresa, y ¿qué podría sustituirla?
¿No estaré tomando mis deseos por realidades? ¿No será que como me gano la vida con los libros no quiero aceptar el hecho de que los libros puedan ser reemplazados por otra cosa? ¿Me estaré limitando a inventar argumentos ingeniosos para consolarme?
Nada de eso. Estoy seguro de que los libros no serán sustituidos en el futuro, porque no lo han sido en el pasado.
Desde luego, hay muchos más espectadores de televisión que lectores de libros, pero esto no es ninguna novedad. Los libros siempre han sido una actividad minoritaria. Había muy poca gente que leyera antes de la televisión y antes de la radio y antes de cualquier cosa que se les pueda ocurrir.
Como he dicho, los libros son absorbentes y exigen una cierta actividad creativa por parte del lector. No todo el mundo, en realidad muy pocas personas, están dispuestas a dar lo que éstos requieren, así que no leen ni leerán. No renuncian a ello porque el libro les decepcione de algún modo, sino por naturaleza.
La verdad es que me gustaría insistir en que leer es difícil, excesivamente difícil. No es como hablar, algo que hasta los niños que no tienen una inteligencia normal aprenden sin necesidad de un programa de enseñanza consciente. Basta con el impulso de imitación que se manifiesta a partir del primer año.
Por el contrario, leer requiere un cuidadoso aprendizaje que pocas veces tiene éxito.
El problema es que nos engañamos a nosotros mismos con nuestro concepto de lo que es saber leer y escribir. Casi todo el mundo puede aprender (si lo intenta con bastante interés y durante el tiempo suficiente) a leer las señales de tráfico y comprender las instrucciones y los avisos y carteles, y a descifrar los titulares de los periódicos. Siempre que el mensaje impreso sea corto y razonablemente sencillo y que la motivación para leerlo sea grande, casi todo el mundo sabe leer.
Y si esto es saber leer, entonces casi todos los norteamericanos saben leer. Pero si luego nos preguntamos por la razón por la que tan pocos norteamericanos leen libros (parece ser que el norteamericano medio que ha completado los estudios primarios no lee ni siquiera un libro al año), nos estamos engañando con nuestra interpretación de lo que es saber leer.
Pocas personas de las que saben leer, en el sentido de ser capaces de leer un cartel de PROHIBIDO FUMAR, llegan a familiarizarse con la palabra impresa y a realizar con facilidad el proceso de decodificar rápidamente las pequeñas y complicadas formas que representan sonidos modulados hasta el punto de estar dispuestos a emprender una lectura prolongada, como, por ejemplo, la de abrirse camino por un marasmo de mil palabras consecutivas.
No creo que esto se deba únicamente a un fallo de nuestro sistema educativo (aunque Dios sabe que es un fallo). No es de esperar que si, por ejemplo, se enseña a todos los niños a jugar al béisbol, todos ellos lleguen a ser jugadores de béisbol de primera clase, o que todos los niños que aprenden a tocar el piano se conviertan en pianistas de talento. En casi todos los campos del esfuerzo humano aceptamos la idea de que es necesaria la existencia de un cierto talento que puede ser alentado y desarrollado, pero que no es posible crear de la nada.
Bueno, en mi opinión la lectura también es un talento.
Se trata de una actividad muy difícil. Permítanme que les cuente cómo la descubrí.
De adolescente leía de vez en cuando revistas de historietas, y mi personaje preferido, si les interesa saberlo, era Scrooge McDuck. En aquella época las revistas de historietas costaban diez centavos, pero por supuesto yo las leía gratis porque las cogía del quiosco de mi padre.
Aunque siempre me asombraba de que alguien pudiera ser tan tonto como para pagar diez centavos cuando bastaba con hojear la revista en el quiosco durante un par de minutos para leérsela entera.
Después ocurrió que un día iba a la Universidad de Columbia en el metro; estaba agarrado a mi correa en un vagón atestado de gente y no tenía nada a mano para leer.
Afortunadamente, la chica que iba sentada frente a mí estaba leyendo una revista de historietas. Era mejor que nada, así que me coloqué de manera que pudiera ver las páginas y leerlas al mismo tiempo que ella. (Afortunadamente, puedo leer al revés con tanta facilidad como al derecho.)
Pasaron algunos segundos y pensé: ¿por qué no le da la vuelta a la página?
Por fin, lo hizo. Tardaba varios minutos en acabar cada doble página, y mientras estaba observando sus ojos que iban de una viñeta a la siguiente y sus labios que murmuraban cuidadosamente cada palabra, tuve una súbita revelación.
Estaba haciendo lo que yo haría si estuviera descifrando palabras inglesas escritas en caracteres hebreos, griegos o cirílicos. Como no conozco estos alfabetos más que por encima, primero tendría que reconocer cada letra, recordar su sonido, luego unirlas y después reconocer la palabra.
Luego tendría que pasar a la siguiente palabra y hacer lo mismo. Después de haber descifrado varias palabras de este modo, tendría que volver atrás e intentar combinarlas.
Pueden apostar a que en esas circunstancias yo leería bien poco. La única razón de que lea es que cuando miro una línea impresa inmediatamente veo las palabras ya formadas.
Y la diferencia entre el lector y el no-lector se va haciendo cada vez mayor con el paso de los años. Cuanto más lee un lector, más información va acumulando, más amplía su vocabulario y más se va familiarizando con las diversas alusiones literarias. Cada vez le resulta más fácil y más divertido leer, mientras que al no-lector cada vez le resulta más difícil y menos gratificante.
El resultado es que hay, y que siempre ha habido (sea cual sea el supuesto nivel cultural de una sociedad determinada) lectores y no-lectores; aquellos constituyen una pequeña minoría de, supongo, menos del uno por ciento.
He calculado que unos cuatrocientos mil norteamericanos han leído alguno de mis libros (de una población de doscientos millones), y yo soy considerado, y yo mismo me considero, un autor de éxito. Si se vendieran dos millones de ejemplares de un libro determinado en todas las ediciones estadounidenses, seria un notable éxito de ventas, y esto sólo significaría que un uno por ciento de la población de los Estados Unidos se habría animado a comprarlo.
Además, estoy seguro de que al menos la mitad de los compradores no conseguirían hacer otra cosa que recorrerlo a trompicones para encontrar los pasajes subidos de tono.
Estas personas, estos no-lectores, estos receptores pasivos de entretenimiento, son terriblemente volubles. Pasan de una cosa a otra, buscando continuamente algún dispositivo que les dé el máximo posible y les exija el mínimo esfuerzo.
De los juglares a los actores de teatro, del teatro a las películas, de las películas mudas a las sonoras, del blanco y negro al color, del tocadiscos a la radio y de nuevo al tocadiscos, de las películas a la televisión y luego a la televisión en color y luego a las cintas de vídeo.
¿Qué importa?
Pero mientras tanto esa minoría de menos del uno por ciento se mantiene fiel a los libros. Sólo la palabra impresa puede exigirles tanto, sólo la palabra impresa puede obligarles a mostrarse creativos, sólo la palabra impresa puede adaptarse a sus deseos y necesidades, sólo la palabra impresa puede darles lo que no podría darles ninguna otra cosa.
Puede que el libro sea un invento antiguo, pero también es definitivo y nada convencerá a los lectores de que lo abandonen. Se mantendrán como minoría, pero se mantendrán.
Así que, a pesar de lo que dijo mi amigo en su conferencia sobre las cintas de video, los autores de libros no se quedarán nunca pasados de moda ni serán sustituidos. Puede que escribir no sea una buena manera de hacerse rico (¡oh, bueno, y qué importa el dinero!), pero siempre existirá como profesión.
NOTA
En ciertos aspectos, éste ha resultado ser el artículo que más éxito ha tenido. Se ha reeditado más a menudo que ningún otro, y hasta se han llegado a publicar frases escogidas en marcadores para libros, distribuidos gratis por las bibliotecas.
Por supuesto, hay quien ha dicho que al defender el libro obraba en interés propio, que estaba intentando fomentar el consumo de aquello mediante lo cual me gano modestamente la vida.
Si es así, estoy demostrando que soy terriblemente poco eficaz. Si lo único que me preocupara fuera hacerme rico, no intentaría hacerlo pregonando las excelencias de los libros en un sesudo artículo. Escribiría novelas llenas de sexo, violencia y perversión. Así me iría mucho mejor. O me iría a California a escribir guiones, jugar al tenis y bañarme en la piscina. Así también me iría mucho mejor.
El hecho de que no haga esas cosas y que siga escribiendo mis artículos aquí, en Nueva York, puede ser una señal de que efectivamente me gustan los libros por si mismos, y de que me parece que tienen que ser leídos en beneficio del lector mucho más que en beneficio del autor.

Imagínate


IMAGÍNATE. (Silvio Rodríguez, 1978)

Imagínate
que desde muy niño
te llevaba flores
te daba mi abrigo.

Imagínate
que soy el amigo
de tu mismo grado
que lleva tus libros.

Imagínate
que soy de tu calle
que siempre pasé
por donde miraste.

Imagínate
que hasta mi perro
me busca en tu puerta
cuando me le pierdo.

Imagínate
que eres mi dama
mi único sueño
mi más roja flama.

Imagínate
que somos nosotros
tú y yo para siempre
que no eres de otro.

De la Ausencia y de ti, Velia

DE LA AUSENCIA Y DE TI, VELIA (Silvio Rodríguez, 1969)

Ahora solo me queda
buscarme de amarte
la respiración,
no mirar a los mapas,
seguir en mi mismo
no andar ciertas calles,
olvidar que fue mío
una vez cierto libro,
o hacer la canción
y decirte que todo esta igual:
la ciudad, los amigos y el mar
esperando por ti.

Sigo yendo a Teté
semana por semana.
¿Te acuerdas de allá?
Hoy hablo de fusiles
despidiendo muertos.
Yo se que ella me ama;
es por eso tal vez que te siento en su sala,
aunque ahora no estas.
Y se siente en la conversación,
o será que tengo la impresión
de la ausencia y de ti.

No quisiera un fracaso
en el sabio delito
que es recordar,
ni el inevitable
defecto que es
la nostalgia de cosas
pequeñas y tontas,
como en el tumulto
pisarte los pies
y reir y reir y reir
madrugadas sin ir a dormir...
Sí, es distinto sin ti;
muy distinto sin ti.

Las ideas son balas
hoy día, y no puedo
usar flores por ti.
hoy quisiera se viejo
y muy sabio
y poderte decir
lo que aquí no he podido decirte:
hablar como un árbol
con mi sombra hacia ti.
Como un libro salvado del mar,
como un muerto que aprende a besar
para ti,
para ti,
para ti,
para ti.

sábado, 4 de agosto de 2007

Si tú me quisieras


Sé que está muy popero este post, pero esta canción le gustaba a un Pandita que conocí alguna vez, no sé por qué le gustaba o qué le recordaba, pero en fin, aquí está:
SI TÚ ME QUISIERAS

Si pretendemos
que nada pasa entre tú y yo,
estar fingiendo
es culpa de los dos,
en silencio grito al miedo
que se despida entre el sol
quiero el valor para que hoy
te diga quien soy yo.
No oh puedo más
no puedo callar-me si
yoo tee aaamo
para siempre así será.
Y si tuuu me quisieras
bajaría el cielo al suelo para ti,
si tuuu me quisieras
y me permitieras hacerte más feliz
me estoy muriendo por tenerte aquí para mí,
para vivir la vida para ti
y llenar la mía ven a mí.
Y aunque tal vez tú pienses que es un poco arriesgado
quiero decirte que también yo estoy temblando
y tengo miedo que quizás todo sea en vano al menos yo te pido que
hay que intentarlo,
me estoy muriendo por tenerte aquí para mí, para vivir la vida para ti
y llenar la mía ven a mí.
Si me detienes te digo desde hoy,
que aunque lo intentes
no lo decido yo
ante tanta tanta gente
y apareciste al corazón
y que hago yo, se enamoró
no puedo decirle no.
No oh puedo más no puedo callarme si
yo te amo
para siempre asi será.
Y si tuuu me quisieras bajaría el cielo al suelo para ti,
si tuuu me quisieras y
me permitieras hacerte más feliz,
me estoy muriendo por tenerte aquí para mí,
para vivir la vida para ti y llenar la mía ven a mí.
Y aunque tal vez tú pienses que es un poco arriesgado
quiero decirte que también yo estoy temblando
y tengo miedo que quizás todo sea en vano al menos yo te pido que
hay que intentarlo,
me estoy muriendo por tenerte aquí para mí, para vivir la vida para ti
y llenar la mía ven a mí.
Si Tú Me Quisieras .
Si Tú Me Quisieras.

jueves, 2 de agosto de 2007

De ballenas y sirenas




Este mensaje es para esos momentos en que nos vemos al espejo y no nos gustamos:

Hace algunos días se vió por las calles de Sao Paulo un poster de Runner (una de las cadenas de gimnasios más renombradas de Brasil) con la foto de una escultural chica y la siguiente frase: "Este verano ¿qué quieres ser: sirena o ballena?" Dicen que una joven mujer, pero madura, de Sao Paulo (cuyas características físicas nunca trascendieron) le envió este mail a la empresa "Runner" respondiéndole a su frase publicitaria:
"Las ballenas están siempre rodeadas de amigos. Tienen una vida sexual activa, se embarazan y tienen ballenitas de lo más tiernas. Las ballenas amamantan. Son amigas de los delfines y se lo pasan comiendo camarones... También juegan en el agua y nadan por ahí, surcando los mares, conociendo lugares maravillosos, como los hielos de la Antártida y los arrecifes de coral de la Polinesia. Las ballenas cantan muy bien y hasta tienen CDs grabados.
Las ballenas son enormes y casi no tienen predadores naturales. Las ballenas tienen una vida bien resuelta, son lindas y amadas por todos.....
Las sirenas no existen. Si existieran, vivirían en permanente crisis existencial:
"¿Soy un pez o soy un ser humano?".
No tienen hijos pues matan a los hombres que se encantan con su belleza. (Y yo agregaría que, tristemente, no tienen por donde hacer el amor. ¡Por Dios!). Son bonitas sí, pero tristes y siempre solitarias. (¿Quién quiere acercarse a una mujer que huele a pescado frito y que no tiene hoyito como salvavidas?) .
"Runner", querida, prefiero ser ballena.....
P.S.: En estos tiempos de mujeres anoréxicas y bulímicas, en que la prensa, las revistas, el cine y la tele nos meten a la fuerza en la cabeza que sólo las flacas son bellas, este mensaje trae nuevas esperanzas a las ballenitas y, ¿por qué no?, a las sirenitas que no descansan un segundo pensando en su apariencia exterior.
Yo prefiero disfrutar un helado junto a la sonrisa cómplice de mis hijos, una copa de vino con un hombre que me haga vibrar y una pasta exquisita con amigos que me quieren por lo que soy, no por cómo luzco.
A medida que envejecemos, ganamos peso. Esto ocurre porque acumulamos mucha información en nuestra cabeza.
Mi cabeza, por no soportar tanta información, comenzó a llenar el resto del cuerpo. Ahora entiendo que no soy gorda, "¡soy culta!"
Así que por favor envía este mensaje a alguien que creas que encaja con esta descripción. Para todas las mujeres estupendas que andan por ahí....
No me lo vuelvas a enviar a mí, porque ya lo he recibido.
Y no olvides este lema de vida: La vida NO debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar con buena salud y con un cuerpo atractivo y bien cuidado, sino más bien deslizarse en ella, con chocolate en una mano, vino en la otra, el cuerpo hecho polvo, totalmente desgastado y gritando...
¡HE VIVIDOOOOO

jueves, 26 de julio de 2007

La vida... según QUINO.. . según otros...


"... pienso que la forma en que la vida fluye está mal. Debería ser al revés: uno debería morir primero para salir de eso de una vez. Luego vivir en un asilo de ancianos hasta que te saquen cuando ya no eres tan viejo para estar ahí. Entonces empiezas a trabajar, trabajar por cuarenta años hasta que eres lo suficientemente joven para disfrutar de tu jubilación. Luego fiestas, parrandas, drogas, alcohol, diversión, amantes, novios, novias, todo, hasta que estás listo para entrar a la secundaria...Después pasas a la primaria y eres un niño(a) que se la pasa jugando sin responsabilidades de ningún tipo...Luego pasas a ser un bebé y vas de nuevo al vientre materno, y ahí pasas los mejores y últimos 9 meses de tu vida flotando en un liquido tibio, hasta que tu vida se apaga en un tremendo orgasmo..."

domingo, 8 de julio de 2007

Falta una hoja.

Este poema lo tengo desde el 2003, es muy bueno, en verdad me gusta, confieso que lo había guardado en el cajón del olvido, además lo estoy plagiando ya que no cuento con permiso del autor para ponerlo en este blog, aún asi, aquí va.


FALTA UNA HOJA (Fernando Rojas. Junio, 2003)

I
falta una hoja
después del último verso y
antes de la campana escolar
que suele apresurar la salida del día

yo no sé si tenía un verso
y no sé si había magia o mentira
un nudo, un ala, un ojo
un huracán o un beso

no sé si vino un ave y se llevó mi monstruo
mi dibujo de sangre o de sudor
saliva, sal, antojos...

ahí en esa hoja
pudo estar mi corazón sentado
con la cara sobre las manos esperando
para tener tu corazón entre las manos

o pudo estar mi sexo en esa hoja
que se adueñó del viento
dispuesto para el tuyo -para el nuestro-
o mis manos tramando una escultura de sol
como tu cuerpo

pudo haber estado otra mentira, o dos
o un cuento
un pedazo de miedo atado al pecho
un beso sin nacer
un abrazo sin ojos y sin labios
una espera voraz
un guiño muerto

o un temblor de la tierra de mi cuerpo

quizás alguna luz
algún atrás de tiempo
un verso para ser bautizado entre tus labios
una lista de cosas o de objetos de amor

todo esto pudo estar en la hoja de papel que se perdió

se fue

no ha vuelto

II


pero otra hoja
nueva como un horizonte
pero vieja a su vez como lo mismo
yace ante mí
blanca
abierta hoja de mi libreta mutilada
por alguna suerte de suerte
-buena o mala-

aquí sus tripas y sus ojos
su cerebro, sus manos
todo blanco
todo limpio para poner de nuevo
lo que ya no es tan nuevo

aquí un temblor de la tierra de mi cuerpo
dirigido a tu blanco no tan blanco

la misma espera,
el guiño, luz, atrás
un abrazo que se muere de quitarte las ropas
y vestirte

una espera que de voraz se come al tiempo a gotas
a lluvias
a lágrimas

y de comerse el tiempo hace crecer el miedo
de verte luz y sombra
de verte aquí o más lejos
o más cerca
de verte sin saberte
sin robarte calor
o días
o muertes
en dos palabras: de verte...

falta una hoja, sí

hoy viniste temprano -más o menos como siempre-

pero nunca falta otra hoja heroína, sacrílega

presumida y humilde

alegre y triste.

miércoles, 4 de julio de 2007

Inicio


Este Blog tiene la funcion de alojar los textos, poemas, cuentos y demás que me parecieron, me pareden y me parecerán increibles, pura recopilacion, es todo.